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Crítica: Un hombre para la eternidad (1966)

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Un hombre para la eternidad
«Un hombre para la eternidad» (A man for All Seasons) es una película en la que no podremos menos que admirar la excelente actuación de su protagonista, Paul Scofield.

El actor convierte su papel de Tomás Moro en una genialidad.
Sobriedad, carácter y carisma, serían perfectos apelativos para el gran trabajo de Scofield.

Thomas More (traducido como Tomás Moro) fue un importante detractor de la reforma protestante en especial de Lutero.
Amante hombre de familia, fue profesor de leyes, abogado, pensador, escritor, teólogo humanista, poeta y lord Canciller durante el reinado de Enrique VIII.
Su obra «Utopía» describe su deseo sobre una sociedad ideal en la que la justicia imperará.

Acompañado por su «esposa cinematográfica», Whendy Hiller que, una vez más demuestra su gran capacidad artística y dramática, en este caso, forman una pareja inolvidable para el cine histórico, en este caso, sobre la Inglaterra de los Tudor.

La historia arranca en el reinado de Enrique VIII, monarca conocido especialmente por su insana predilección a deshacerse de sus esposas.
Su vida y reinado ha sido llevado a la pantalla en tantas ocasiones que, probablemente, sea uno de los soberanos más conocidos en el mundo del cine y fuera de él.

El cardenal Wolsey, interpretado breve pero memorablemente por el enorme (en todos los aspectos..) Orson Welles, está a punto de morir y su sustituto será Tomás Moro, que adolece de una incómoda tendencia a la honradez, en opinión del corrupto cardenal. Como Canciller de Inglaterra, aspirará a llevar por el camino de la moral y de la virtud al díscolo Enrique.

Frente a la codicia y corrupción de Wolsey, las armas de Moro serán la honestidad, la piedad y su amor hacia Dios, así como su firme lealtad a la Iglesia Católica y el Papa. Tomás Moro era considerado una persona de firmes principios religiosos y de carácter incorruptible.

El rechazo ante el soborno y la corruptela que siente Thomas, se verá reflejado en varias ocasiones, mostrándonos que un hombre puede mantenerse en pie y fiel a sus ideas ante la jauría amoral y ruin que le rodea.

Por ese motivo, se opondrá aunque sepa que le puede costar la vida, a las volubles decisiones de su rey, al que aprecia y respeta de corazón.

Su amigo, el Duque de Norfolk (Niggel Davenport) intentará por todos los medios hacer recapacitar a su amigo y «salvarle de su propia conciencia».

La avaricia por el poder, la personificará Richard Rich (John Hurt) el codicioso maestro, que prefiere sacrificar su propia alma y traicionar la confianza de su mentor, Thomas.

El ambicioso Cromwell (Leo McKern) tratará de acabar con la persona que se interpone entre él y el poder casi absoluto, en unas escenas cuyos diálogos son sublimes.

Ana Bolena (Vanessa Redgrave) volverá a ser representada como una mujer veleidosa, frívola y sobretodo, manipuladora. La historia que conocemos y el cine en particular, no han sido precisamente amables con ella.

Y por último, tenemos al histriónico y caprichoso Enrique VIII (Robert Shaw), preocupado tan sólo en satisfacer hasta el más mínimo de sus deseos. Aunque la amistad que le une a Thomas es aparentemente sincera, estará condicionada a que éste acepte sus designios. Entre otras cosas porque, en el fondo de su corazón, necesita su aprobación moral.
Pero eso no lo permite la conciencia de su amigo y consejero, lo que acabará granjeándole su letal enemistad.

Thomas incluso dimitirá de su puesto como canciller para evitar el enfrentamiento y poder volver a su sencilla vida, pero eso no será tampoco del gusto de Enrique, que desea a toda costa la aprobación y la aquiescencia de su amigo.

Como hombre inteligente y sagaz que era, además de jurista, sabía que la ley no podía obligarle a pronunciarse públicamente sobre la decisión tomada por el rey una vez cesado de su cargo público. Y opta por vivir en silencio y retomar su vida anterior.

Incluso durante su cautiverio, mantuvo ese silencio. Sólo lo rompió cuando comprendió que de nada le serviría ante la podredumbre moral y legal que le rodeaba, demostrando que le movía algo más que la ambición y la vanidad.

El proceso culminará en su calvario y muerte, defendiendo lo que considera justo y recto, motivo por el cual es reverenciado por los católicos y la propia Iglesia Católica lo canonizará.

Soberbia la escena final del discurso de Thomas ante los pares del Reino, completamente plegados a las pretensiones de su rey y borrando de un plumazo cualquier vestigio de justicia y rectitud.

Scofield hará gala de su gran talento, en uno de los mejores papeles de su carrera (que le valió el Óscar al actor protagonista, de los seis que recibió la película), y nos pondrá los pelos de punta, haciéndonos meditar sobre nuestras propias acciones y convicciones y la integridad y valor con que las vivimos.

Una película con unos magníficos y profundos diálogos, de los que no se olvidan, para recrearse en un cine que queda como vestigio de una época maravillosa, donde las películas tenían en regusto de la genialidad.

– «Sir Richard… De qué le vale a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?… Pero si es por Gales…

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